Pepe Santiago es un buen referente de cosas ocurridas en White en las décadas del '20 y del '30. A los diecinueve años trabajó en la Standard Oil y después en La Isaura. Como tuvo dificultades con el contratista fue a trabajar en la construcción del elevador, donde ya estaban el Colorado Ferrari, Bobby Soetermans y otros amigos. Dice que cuando fue a cobrar la primera quincena advirtió que le habían "tragado" la diferencia entre peón y oficial... ¡no es nueva la cosa...!
. En el elevador Nro. 3 trabajó junto con su hermano Paco. Un ingeniero inglés le ofreció trabajo en Inglaterra pero no aceptó. Se vio venir la guerra... y acertó.
. Los elevadores tienen pilotes de 27 y 28 metros de profundidad y desde el nivel, 75 metros hasta la azotea. Es el elevador central, Nro. 3.
. El famoso actor mexicano Arturo de Córdoba -"Dios se lo pague", con Zully Moreno, y varias películas con María Félix- trabajó en la Esso, en Argentina. Fue mucho antes de ser actor. Una foto de una revista de la empresa consigue su nombre en una foto que Santiago guarda con mucho celo.
. Las palabras macana y macanudo le causan mucha gracia a los ingleses. Cuando un argentino las pronuncia, generalmente se ríen. Y los argentinos estamos tan acostumbrados a las macanas... que las mencionamos a cada rato.
Con macanudo pasa lo mismo. El ingeniero inglés que trabajaba en la construcción del elevador Nro. 3 le preguntó un día a Pepe qué quería decir ma-ca-nu-do, porque en su diccionario no estaba. Claro, era un diccionario básico inglés-español y no la habían mencionado.
Si el inglés sigue teniendo interés se lo explicamos: macana, en la Argentina y Chile, disparate, tontería, cosa insignificante, mentira. Y macanudo, argentinismo: excelente, magnífico, abundante, grande, bárbaro, rebueno, como dicen ahora los pibes.
¿No te parece, Re Pepe?
. En el pueblo hubo siemore gente muy creyente, muy supersticiosa, muy ingenua, que "se comió" cuanto invento anduvo por allí para diversión de algunos y preocupación de otros. En una época se hizo correr la versión de que en horas de la noche, especialmente los viernes, salía de su cueva el "lupomanaro", que era como un hombre-lobo que corría a los chicos y a las mujeres, en cada caso por motivos muy distintos. A los chicos para comérselos.
En Rubado vivía un muchacho con serias dificultades para hablar y por lo tanto con muchos complejos para defenderse de las bromas de los más audaces. Una noche de viernes -tenían todo armado desde varios días antes- le colocaron al pobre una coraza vacía de zapallo con agujeros en los ojos y en la nariz y una vela con la cual aparecía con un aspecto bastante intranquilizador.
Y así salió a la calle con la idea de asustar a todo el barrio. Pero los pibes se avivaron y le dieron al pobre lupomanaro una paliza tan feroz que casi lo revientan. Lo primero que le rompieron fue el zapallo. El de afuera, claro está...
. Todavía quedan en el pueblo muchas casas con aleros de chapa o madera. Los bordes, o ribetes, que parecen goteros, se llaman cenefas. En Mascarello al 3900 queda un alero con cenefas. Allí vivió la familia Greco casi medio siglo.
. Hasta veinte años después de terminada la guerra mundial, cuando se encontraban en algún bar ingleses y alemanes, las piñas iban y venían. Si alguno caía, esperaban que se levantara. Nunca pegaban en el suelo, "...coming...coming...". Cuando terminaba la sección piñas se sentaban juntos y chupaban cerveza o whisky hasta la madrugada.
. Don Emilio Santiago contabs que la zona del puerto rellenada y ganada sl mar tiene tierra de todos los países del mundo. Los buques llegaban con tierra como lastre -otros traían ladrillos o materiales para construcciones- y la descargaban en White. No sólo la población whitense es cosmopolita. También el suelo que pisamos.
. Knout era la calle de los perros. El que no tenía tres o cuatro era un desalmado. O un inconsciente, porque los perros evitaban visitas no gratas...
. No fueron muchas las mujeres que se animaron a andar en bicicleta, allá por los años 30... Cuando aparecía alguna valiente, Pepe les enseñaba y les corregía la postura en el asiento. Cuando llegaba la primavera se pasaban horas corrigiendo posturas en el asiento...
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Extraído de "Historietas Whitenses", de Ampelio M. Liberali. Museo del Puerto. Edición de la Cocina del Puerto de Ingeniero White. Bahía Blanca. Octubre de 1994; pp. 64 y 66.