No había vitrolera sin vitrolero. Una de ellas vivía en Mascarello al 200, -actualmente 3900- en la casa de Adriano Camilucci. En un festejo de San Pedro y San Pablo se hizo una gran fogata, como era tradicional. La Chela Vagnozzi, que era más traviesa que una ardilla, se acercó demasiado al fuego y se le encendió la pollera. El vitrolero la envolvió con un sacón y le salvó la vida.
Extraído de "Historietas Whitenses", de Ampelio M. Liberali. Museo del Puerto. Edición de la Cocina del Puerto de Ingeniero White. Bahía Blanca. Octubre de 1994; p 69.