lunes, 26 de septiembre de 2016

Naní, de Macerata

Vivía en una pieza al lado de la peluquería de Puglisi, en la esquina de Avenente y Elsegood. La casa era de Sturman y una parte del local era ocupada por el Partido Socialista.
Naní trabajaba en el muelle. Era lo que en la jerga portuaria se conocía como bolsero. Tenía dos aficiones: cantaba y... chupaba. Cantaba de noche, acompañándose con un viejo acordeón, trozos de óperas que tal vez a alguna buena moza le habría dedicado en su país lejano y querido. A veces pasaba la ronda policial, de a pie, cuando no se habían inventado los patrulleros, o los patrulleros iban de rigurosa infantería y le decían:
- Naní... ¡no son horas de cantar...!
- Bueno, bueno... -decía Naní.
Pero se encerraba en su pieza y ¡gritaba más!

No era un exponente de la elegancia natural de los marchegianos, Naní. Su trabajo en el pique tampoco le dejaba mucho margen para adquirir ropa de calidad. Ni siquiera de escasa calidad.
Un domingo a la mañana Naní se encontró con Aníbal Troncoso, que había regresado de vacaciones. Troncoso, que era un bohemio como Naní pero estaba pasando por su mejor momento como jugador de Talleres, buscó a Carmona, uno de los empleados de Bargueño Hermanos y le hizo abrir un negocio. Melón le compró a Naní, desde los zapatos hasta el sombrero. Después lo llamó al andaluz y en el coche lo llevó a pasear por todo el pueblo.
Naní, con su traje nuevo y su pinta de muchacho calavera, saludaba con los brazos en alto. Parecía un político, propiamente.


Extraído de "Historietas Whitenses", de Ampelio M. Liberali. Museo del Puerto. Edición de la Cocina del Puerto de Ingeniero White. Bahía Blanca. Octubre de 1994; p. 27.

No hay comentarios:

Publicar un comentario